Pedro URRACA RENDUELES - Los ojos de Franco en Francia
Remembering has to do with justice, and as there is no justice, acknowledgement has to do
(Carmen Callil, Bad Faith)

Historias desobedientes

Historias desobedientes. Familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia es un colectivo surgido de la vergüenza, de la vergüenza de reconocer que somos descendientes de criminales de lesa humanidad.

El movimiento empezó en Argentina en mayo de 2017, como una forma de protesta contra la intención del gobierno de reducir a la mitad la condena de los encarcelados por haber participado en delitos de lesa humanidad durante la dictadura entre 1976 y 1983. La indignación de la sociedad en general obligó al gobierno a retirar el proyecto, y en particular, provocó que algunas hijas de los condenados protestaran en público contra la excarcelación de sus padres. Gracias a esos testimonios, tres hijas de criminales se pusieron en contacto a través de las redes sociales. De aquel encuentro surgió Historias Desobedientes, ya que otros hijos e hijas de condenados se sumaron al movimiento de repulsa. Con la palabra "Desobedientes" aludían a la "Ley de Obediencia debida" gracias a la que muchos militares consiguieron eludir la justicia alegando que solo obedecían órdenes de la jerarquía. Pero la Desobediencia que preconiza este colectivo va más allá. Se trata de desobedecer a los mandatos de silencio y de lealtad a la propia familia para escapar de un linaje violento y reclamar, junto a las víctimas de las dictaduras Memoria, Verdad y Justicia.

Pero Argentina no fue la única dictadura en Latinoamérica en el siglo XX. Muy pronto el colectivo se extendió a Chile, y luego a Brasil, Uruguay, Paraguay, El Salvador e incluso a España, y actualmente tenemos integrantes también de Alemania. Además, ya no está compuesto exclusivamente por hijos o hijas de los perpetradores, sino también por sobrinos, nietos y familia política.

Para cada uno de nosotros asumir que un familiar es un criminal ha sido un proceso largo y penoso, con un alto coste emocional, y que, además, hemos transitado en solitario. Pero ha resultado ser una catarsis que nos ha liberado del lastre de la ignominia. Nuestras historias personales se enmarcan en contextos familiares, históricos y geográficos diferentes, pero tenemos en común la vergüenza de cargar con la culpa ajena. No somos culpables, pero sí nos sentimos responsables de transformar nuestro legado maldito en un mensaje de alerta a las nuevas generaciones. Formar parte de un grupo nos da fuerza para denunciar al criminal en la familia y romper pactos de silencio que protegen a los criminales con la impunidad del olvido. También nos reafirma en nuestras convicciones éticas y nos convierte en una voz inaudita e inesperada para combatir el negacionismo y denunciar las violencias de estado que vemos resurgir por todo el mundo en regímenes cada vez más totalitarios.

Intentamos superar esa vergüenza mediante nuestro compromiso con el colectivo participando en actividades divulgativas en los ámbitos de la memoria y la historia, lo que nos convierte en un nuevo actor político-social por la defensa de los derechos humanos.

En España, el paso de la dictadura a la democracia se consideró un modelo de transición pacífica. Las felicitaciones recibidas desde el extranjero generaron una autocomplacencia que nos ha impedido ver que, en realidad, la transición se cerró en falso. El pacto de silencio establecido entre las fuerzas políticas que redactaron la constitución de 1978 supuso que las reivindicaciones de justicia y reparación de las víctimas de la represión se ignoraran y ocultaran en aras de una paz social. Todo el trabajo de reparación que no se hizo en su momento sigue pendiente y no terminaremos de cerrar las heridas de la guerra hasta que no haya una reparación completa.